|
| ||
[ Home ] [ El artista ] [ Galería de imágenes ] [ Última exposición ] [ Contactar ] |
Incertidumbre ante un conjunto de mensajes (por Felipe Hernández Cava) Hace muchos años que Fernando Bellver decidió ser un artista sin estilo, pese a lo cual su discurso jamás ha variado un ápice, como si pretendiera hacer bueno el aserto de Goethe de que había cambiado muchas veces de ideas, pero nunca de principios. Lo hizo, y así lo he contado en otras ocasiones, empujado por la afinidad con algunas de las pocas premisas verdaderamente sólidas de los dadaístas, que, amparados en esa fuga de la etiquetación, que acabaría no obstante por alcanzarles, se permitían adoptar cualquier aspecto formal sin permitir que les constriñera mínimamente. Por esa empatía, que es la que le pone siempre a salvaguarda de la lógica -"La lógica", decía Tzara, "es una complicación y siempre es falsa"-, cometeríamos un gran error, empezando por mí mismo, si nos empeñáramos en leer su proyecto "ZU" de una forma demasiado lineal, a lo que puede contribuir su ubicación dentro del Basic Needs Pavilion de esta Exposición. Y por eso me propongo hacer ejercicio de una subjetividad, que no pretende proyectarse con el menor carácter de sentencia, para tratar de escapar a la inutilidad en que esta clase de reflexiones suelen acabar desembocando. "ZU" podría ser simplemente una experiencia de "Mail Art" en la que Bellver se ha servido de unas cuantas personas con el solo propósito de atraer la atención de los visitantes acerca de la diversidad cromática de la superficie de la Tierra. Desde esa perspectiva, sería coherente, en primer lugar, con su interés creciente por los trabajos de carácter participativo, en cuya alta intervención de accidentalidad y azar encontraría tanto una forma de cuestionar la función social del artista como la posibilidad de independizar el arte de muchos de los elementos espúreos que a su consideración se han ido adhiriendo (como el dramaturgo Franz Rolan, amigo de Schwitters, que pensaba que la representación debía ser únicamente el fruto de los materiales que se hallaban en el propio teatro). Y, en segundo lugar, hacer una reivindicación del concepto de diversidad, hoy tan en boga dentro del territorio escasamente abonado del pensamiento, valiéndose del ejemplo que nos proporciona la propia naturaleza. De igual manera, "ZU" podría encerrar una reflexión sobre la fuerza de la simbología más primigenia. En ese sentido, me resultaría muy sencillo encontrar un hilo conductor en el desarrollo de su quehacer artístico, que demostraría que todo el devenir de Bellver no ha sido sino la revisión del mundo simbólico en el que habitamos, al que ha ido deconstruyendo (el concepto de deconstrucción sigue teniendo aún bastante fuerza dentro de la crítica contemporánea) hasta encontrarse con la rotundidad de aquellos signos sobre los que se cimenta nuestra cultura. Es decir: que, tras rondar en 1991 la imaginería africana, o en 1999 el valor totémico de la puerta, habría llegado ahora a la esencialidad de uno de los cuatro elementos (el valor cabalístico del número cuatro, símbolo de la tierra, estaba también presente en esta última muestra citada): la tierra, el más sólido de todos los estados de la materia, y por ende de su existencia, y por ende modelo también de una parte de la actividad espiritual. El elemento que, por su pasividad, posee, según Jung, junto al agua, la condición de femenino y de recipendario. "ZU", sin embargo, podría ser una vuelta a los orígenes del arte. Y, de la misma manera que Schwitters, y ya ven que una y otra vez saco a colación a los dadaístas, decía que "la vida se manifiesta como un barullo simultáneo de ruidos, colores y ritmos espirituales" y que lo único importante del lienzo debía ser el tono, el color, ahora tendríamos a Bellver dando una vuelta de tuerca más para quedarse, siempre dentro de esta premisa, también con lo esencial: los primeros pigmentos, aquellos que el hombre primitivo, sin el auxilio de técnicas de preparación, encontraba en las tizas, los ocres, los verdes, y las sombras de la propia tierra. Estaríamos, en ese caso, ante una gran paleta desde la que poder empezar a repensar el largo camino recorrido desde lo mágico o lo sacro a lo profano. Pero "ZU" podría perfectamente moverse en otros parámetros y albergar una consideración sobre el viejo conflicto entre naturaleza y artificio, lo no artístico y lo artístico, sometiendo a juicio de paso el concepto mítico y sublime con que, pese a lo lejos que queda ya el tiempo del romanticismo, muchos de los artífices contemporáneos abusan de esta convención. O, por qué no, una manera de plantear que, dado que el arte comenzó tratando de imitar a esa naturaleza, hoy el arte abandona esa imposible utopía y deja que sea la naturaleza la que hable a su través, desengañados como estamos de buena parte de la mitología que nos fue legando el proyecto de la Modernidad. Que es hacer buena la apreciación de Dorfles de que "cuanto más trataba el arte de ser una fiel reproducción de la naturaleza, más se apartaba de ella y se convertía en más abstracta, simbólica y alejada de todo realismo". Volvamos, pues, a la única fiel reproducción posible. Claro que, por este camino, Bellver estaría también coqueteando con algunos de los abanderados del "Land-art", en el que esa naturaleza y el medio físico son a menudo contemplados como sujeto -también como proceso o destino- del hecho artístico. Sería casi como parte de un manifiesto que podría suscribir Nils-Udo ("unir los sonidos, los colores y los olores"), o como una de esas intervenciones de Charles Simonds o de Robert Smithson en las que el retroceso hacia el pasado es una suerte de tarea deconstructora (más deconstrucción también por este lado, tan descreído nuestro hombre como Duchamp de las ideas adquiridas). Igualmente, "ZU" podría hablar, desde un punto de vista antropológico, del valor que conferimos a ese suelo sobre el que vivimos: la tierra de nuestros antepasados y a la que todos volveremos, parte de un continuo ciclo; el símbolo de nuestro poder en la medida en que la poseemos, la casa de la especie; la madre que nos acoge y con la que venimos manteniendo una relación a veces de amor y a veces de odio, etc., etc., etc.-. Esto, y nada más, es lo que hay. He aquí el fin del tiempo. Y a eso parecerían apuntar algunas de las pocas explicaciones que, ladinamente, Bellver ha dado, cuando narra el alumbramiento del proyecto y menciona, sin precisar, si pudo ser un miembro de la tribuy kikuyu, o un samburu, o un musi, a quien primero escuchó el nombre de "zu". Pese a que sabemos que el nombre es lo de menos, y que no es en él donde el espectador o el crítico intrigantes deben encontrar la explicación con el afán de conocer. Los dadaístas se enteraron, decían, y a saber si no era una muestra más de su gran broma, que los negros Kroy, a los que yo sigo sin saber situar, llamaban dadá a la cola de una vaca santa. O sea que por qué vamos a tener que localizar exactamente el nombre de "zu", cuando a saber si no se encuentra en el Zu-rich de aquel Cabaret Voltaire en el que todos estos escépticos empezaron a reunirse allá por 1916. Pero el hecho es que "ZU", obra de Fernando Bellver, está hoy en el espacio de este Basic Needs Pavilion de Hanover y que unas sesenta personas contribuyeron durante un período no muy dilatado en el tiempo a llenar unas bolsas de algodón con tierra de los destinos a los que viajaron. Y entonces el crítico -o sea, yo- puedo pensar también que la muestra se refiere al viaje. No al viaje como signo de la aventura por excelencia, ni tampoco al viaje como metáfora o realidad del conocimiento o del aprendizaje. Ni tampoco al viaje como impulso colonialista, que era el que le hacía escribir al rey Leopoldo de Bélgica, en 1861, recién llegado al Congo "misterioso": "el mundo yace a nuestros pies; el vapor y la electricidad han acabado con las distancias; todas las tierras sin propietario en la superficie del globo, principalmente en Africa, deben convertirse en el campo de nuestras operaciones y de nuestro éxito". No. El viaje del que nos hablaría aquí el artista sería mucho más prosaico: es el viaje concebido como una necesidad dentro de una sociedad de consumo, un bien que se vive como una libertad verdadera, aun cuando a menudo dudemos, tal y como se plantea, si no será una alienación, que es ya deseo consustancial y, por ende, casi un "objeto" necesario. Fueron los estadounidenses, allá por la mitad de la década de los cincuenta, los primeros en tomar conciencia (inducida o no es otra cuestión) de que formaban parte de una sociedad en la que era perentorio el deseo de adquirir más y más objetos y productos, haciendo paulatinamente del mismo acto de consumir un auténtico mito. Y luego fue el turno de Europa. Y desde hace unas décadas lo es de una España que ha ido dejando atrás los tiempos en que, por no gozar de las excelencias del cuerno de la fortuna, la noción de utilidad primaba sobre la del derroche. Y de derroche y de este cambio de mentalidad en el hombre contemporáneo que forma parte de una élite de los habitantes del planeta puede estar hablándonos "ZU". Del consumo como consumación de todo, de las energías renovables y no renovables que han entrado en juego para que sesenta y cuatro personas hayan formado parte de un rito en el que lo superfluo ha primado sobre lo necesario y en el que el gasto ha precedido en valor y en tiempo a la acumulación y apropiación de una porción de tierra. En un sistema cerrado, como es el planeta en que vivimos, cómo medir el desorden de todo esto. ¿ Tiene más o menos entropía este tapiz multicolor que toda la energía -barcos, aviones, coches, esfuerzo humano...- que se vio involucrada en su consecución ? ¿ Es esto, documentado ante el espectador con la conveniente explicación, una muestra de la tendencia que todo sistema equilibrado experimenta hacia su desorganización ? Y, si es así, ¿ se puede decir que hemos llegado a la inercia total ? Tal vez Bellver aprovecha para recordarnos que ya no nos basta con el deseo de alimentarnos y abrigarnos. Queremos otros bienes, cada vez más raros y de precio más elevado, como espacio, aire puro, silencio, naturaleza... o, por qué no, arte. ¿ Puede cumplir esa lógica una función positiva ? ¿ Qué es, entonces, "Zu" ? "La sensibilidad no se construye sobre una palabra", decía Tristan Tzara. |
|
|
|
©Copyright 2010 tentarte.com
All Rights Reserved Para información sobre la webContactar aquí |
Entrar Design & Hosting ©Design 2003-10' |
|