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Tierra de Nadie
(por Rosa Olivares)
El arte nunca ha sido una necesidad básica. Sin embargo, se nutre
de las necesidades básicas de todos nosotros, tanto de los artistas
como de los que no son considerados como tales. Y así, artista
tras artista, cuadro tras cuadro, escultura tras escultura, el arte se
ha convertido en otra cosa, tal vez nada básico pero que forma
parte de un paisaje cultural que, finalmente, es el único que hemos
sabido crear.
La necesidad más básica de entre todas es la necesidad de
la tierra. No como propiedad ni como abono, sino como un lugar donde existir,
un lugar del que nutrirnos y al que pertenecer, al que volver. Como una
casa o como un recuerdo. Vivimos en un planeta llamado Tierra y aunque
las tres cuartas partes de su superficie sea agua, es en esa cuarta parte
en la que vivimos, en la que nosotros los hombres hemos vivido siempre,
donde antes que nosotros vivieron animales y plantas, donde se gestó
la vida y todo lo que ello ha significado. Polvo somos y al polvo volveremos,
nuestros cuerpos deben volver después de nuestra vida a realimentar
el ciclo infinito, debemos volver a la tierra de donde todo surge y a
donde todo regresa. Como los ríos van al mar.
ZU es un proyecto sobre la tierra y esta compuesto de tierra, exactamente
de 64 muestras de tierra recogida en 64 bolsas de lona en 64 países
diferentes en un viaje múltiple, colectivo y a la vez individual
pero sobre todo metafórico, realizado desde Alemania del Este
hasta Alemania del Oeste pasando por Zanzíbar, Argentina, Egipto,
Nueva York, y el Sahara, por España, Perú, Groenlandia,
París y Londres, norte y sur, este y oeste, en un itinerario
que se ha extendido a lo largo de más de un millón de
kilómetros y que ha durado aproximadamente cinco años.
En un viaje en que no se han recorrido todos los países pero
si se ha estado en todas las latitudes y altitudes, medidas de lugar
que marcan mejor que nombres y mapas el punto exacto donde se está.
Cada una de estas 64 bolsas esta acompañada de una etiqueta que
cataloga perfectamente el lugar, la altitud, latitud, fecha, y por una
fotografía que muestra el momento de la recogida de la tierra
y explica el momento para fines documentales. Fernando Bellver es el
artista que ha realizado este proyecto, pero Fernando Bellver no ha
recogido ninguna de estas 64 bolsas de tierra. Fernando Bellver es un
pintor, aunque esto pueda parecer un proyecto conceptual. ZU es una
parodia del arte actual, y a la vez un resumen de la historia del arte.
Una parodia en el sentido de canto paralelo, de narración en
dos voces, de espejo y múltiple de otra historia; ZU es lo que
no nos han contado sobre el arte de cualquier tiempo, de cualquier momento,
de todos los tiempos. Es la tierra del arte, es el origen que reaparece
ante nosotros como procedente de una excavación arqueológica,
como recuperada en un parque Jurásico en el que los dinosaurios
somos nosotros.
El inminente comienzo del siglo XXI nos pone nuevamente frente a definiciones
y actitudes maximalistas, por otro lado cada vez más habituales
en el mundo del arte. En este sentido el proyecto de Bellver plantea
dificultades progresivas en su comprensión si se pretende encajar
en una cuadrícula llena de estereotipos. ZU en su formalización
necesita redefinir un cuerpo no solamente simbólico sino real.
Transformar los kilos de tierra de diferente color y de diferente procedencia
en algo visible y tangible. La reorganización de estos montones
de pigmentos que, agrupados en bolsas transparentes en el suelo del
taller del artista - no olvidemos que se trata de un pintor - nos recuerdan
los pigmentos utilizados para la fabricación de la pintura, es
algo así como construir una nueva torre de Babel, una especie
de Organización Internacional de Tierras y Colores, algo que
inevitablemente nos acerca a la mentalidad de un arquitecto, de un carpintero,
de un artesano. Es decir, nos sigue devolviendo a los orígenes
del arte. Que todo esto suceda en los prolegómenos del siglo
XXI es ciertamente significativo. Por una parte, algo parecido no hubiera
sido posible que sucediera y se reconociera como arte en épocas
anteriores, pero el que suceda ahora parece querer quitarle su fundamento
primordial: la pintura.
Es un proyecto clásico en su intento de organizar el caos del
mundo, algo que el artista se plantea desde el origen del hombre y que,
como en uno de los trabajos de Sísifo, no consigue nunca terminar
y debe volver a comenzar continuamente.
Seguramente la aceptación de este proyecto se hace a partir de
la idea. Es algo parecido a vender un cuadro contando la historia que
va a reproducir: una mujer joven mantienen en su regazo a un niño
pequeño que sonríe a otra mujer que, detrás de
su madre le hace gestos cariñosos mientras otros niños
un poco mayores juegan alrededor del grupo familiar, al fondo un paisaje
por el que corre un río entre arboledas. Este es un cuadro de
Leonardo Da Vinci que, casi con toda probabilidad fue un encargo más
o menos concreto como la gran mayoría del arte clásico
que hoy conocemos. Nuevamente ZU se nos presenta como un trabajo clásico.
La historia que cuenta es un poco más complicada, nos habla de
la necesidad, de la estupidez, de las ansias de viajar. Nos habla de
como la tierra es diferente en cada lugar pero también nos dice
que todo es , que todo podría ser un engaño, pues la tierra
de casi cualquier lugar puede ser intercambiable por otra. Que , al
final, igual puede dar un sitio que otro. Que la tierra, como un buen
retrato, nos dice mucho y a la vez nada del retratado, pues esa cara
puede ser de otra persona ya que no le conocemos. Y esa tierra puede
ser de Londres y no de Honk Kong, pues en estos momentos no recordamos
como era la tierra cuando estuvimos allí, porque tal vez nunca
hayamos estado en esos lugares, porque aunque hubiéramos estado
no la reconoceríamos y porque, en última instancia, si
todos los hombres nos parecemos tal vez demasiado, todas las tierras
pueden ser, también, demasiado parecidas entre si. El arte, incluso
el más aparentemente real, nos habla siempre del engaño,
de la posibilidad de engaño, pues es el reflejo de la vida y
de la estructura mental de hombre. Así, ZU nos vuelve a recordar
su categoría de obra de arte, su definición de pintura
y su valoración como un planteamiento clásico.
Finalmente ZU se convertirá en un muro, en una pintura mural
en la que se han utilizado los pigmentos procedentes de todo el mundo,
la tierra procedente de todo el mundo. No olvidemos que la pintura no
es el nombre conceptual de un estilo o de un género, ni de un
lenguaje, es, simplemente, un nombre genérico que proviene del
material con el que se pinta. La pintura es la materia que compone los
cuadros más allá de que representen a una Virgen, el rendimiento
de un ejercito, un sentimiento abstracto o un campo de girasoles. Más
de las tres cuartas partes del arte esta construido con pintura, con
pigmentos, con materia que procede, al menos procedía en sus
orígenes, de la tierra. En este sentido ZU es un homenaje y un
reconocimiento a la madre Tierra, como es también una suerte
de homenaje a todos los hombres y mujeres que atraviesan el mundo por
una necesidad indescifrable e inagotable.
La pintura mural ha marcado la evolución del arte en la historia
de la humanidad, desde las cuevas de Altamira o las de Lescoux, sin
olvidar la Capilla Sixtina o los frescos de Leonardo o el Giotto. Pero
hoy en día las cosas han cambiado mucho y cualquier planteamiento
pictórico que se pueda parecer a estos ejemplos citados resulta
inevitablemente anacrónico y fuera de lugar, más cercano
a la decoración - palabra estigmatizada en el arte hoy - que
a una creación radical. De esta manera ZU se convierte en otro
tipo de pintura mural, se convierte en una especie de muro que no separa
sino que une, en una obra de arte, en una pintura mural, que reúne
las características del arte actual, el lenguaje más contemporáneo,
las técnicas más personales e innovadoras. Por todas estas
razones estamos hablando de un políptico abstracto, lleno de
color y lleno de pasión, una especie de poema épico que
refleja la gesta individual del hombre de hoy, que se convierte en la
prueba de la vida y de la diferencia pero que recompone, tal vez sobre
todo, una seña de identidad colectiva, que define muy exactamente
lo que es hoy la globalización: la igualdad a partir de la diferencia.
Estas 64 muestras de tierra son similares, se han obtenido de forma
similar y han recibido un tratamiento igualitario. Su formalización
será igual para todos, cada uno de ellos ocupara la misma superficie
en centímetros de superficie, y su colocación seguirá
un orden por latitud y altitud, de tal forma que no se tratará
de ningún orden aleatorio ni selectivo: cada uno donde debe estar,
en su sitio, en el lugar al que pertenece. Sin embargo, los colores
de estas tierras son como un caleidoscopio interminable, desde el blanco
hasta el negro, el gris, el rojo, las gamas de amarillo y ocres, pero…
si bien en unos caso el color acompaña una construcción
simbólica evidente (el amarillo de la tierra procedente de las
minas de oro de Sudáfrica, o el negro de la tierra procedente
de Central Park en Nueva York), pero en otros su ausencia de caracterización
puede convertirse a la larga en una nueva identidad. Este es el caso
de la tierra de Honk Kong, ciudad en la que ya no hay tierra, como esta
sucediendo en gran parte de las ciudades modernas, y se tuvo que recurrir
a la tierra de una maceta, con lo que es una tierra llena de basura
y desperdicio. Algo que también puede considerarse como una caracterización
de la situación de las ciudades y de la vida actual.
Cada panel de esta construcción, de este muro de pintura que
puede verse por las dos caras , como una sola moneda, se convierte en
un cuadro. Un cuadro con todos los significados tradicionales de este
término: es una superficie cuadrada, pero es también una
superficie delimitada que esta ocupada por una construcción simbólica
materializada con pintura, con color; es un fragmento aislado de la
realidad circundante; es una ventana que se abre a la mirada, una posibilidad
de traspasar los límites y viajar, volar, recorrer otros lugares
y otros sentimientos a partir de su color, de su textura, de su significado.
Se trata, evidentemente, de arte, se trata de pintura. Aunque pueda
parecer una instalación, aunque pueda tener un cuerpo escultórico.
Igual que todo y todos procedemos de la tierra, aquí todo tienen
su origen y su final, su explicación formal y conceptual, en
la pintura.
Podríamos hablar, también, de ZU como de una obra perteneciente
a la corriente conocida como Land Art. Se trata de un trabajo realizado
’in situ’, con un fuerte carácter conceptual, a partir
de la tierra real, de los materiales que la tierra nos ofrece, de una
manera pura y directa, sin manipulación. De hecho hay un grupo
de artistas cuyo trabajo podría tener alguna semejanza con la
obra de Fernando Bellver. Hablo de la Boyle Family que reproducen fragmentos
de la tierra, del suelo de lugares elegidos al azar sobre un mapa; después,
se trasladan al lugar elegido y realizan, con un método a medio
camino entre el vaciado escultórico y la prospección topológica,
una reproducción, en un metro cuadrado de superficie, de un metro
cuadrado exacto del lugar. En este caso, Bellver solamente quiere la
tierra, no el lugar, pues la tierra conlleva una simbología,
se convierte en una metáfora múltiple tanto de si misma
como de todo lo que puede representar.
Es esta una obra que nos ayuda a profundizar en el conocimiento a través
de la duda, sin certezas pero cada vez más llenos de dudas y
de preguntas, es decir, cada vez con mayor riqueza personal. ¿Porque
las tierras de todas las ciudades modernas, ya sean Londres o París,
Lisboa o Berlín, son grises? Es un gris uniforme, el gris de
la tristeza, el gris de la globalización, de la miseria, del
trabajo, del traje de oficina, de las prisas, de la falta de tradiciones,
de la pérdida de valores, de la falta de tiempo. La tierra recogida
en estos lugares es gris, sin la alegría, el brillo ni la riqueza,
sin la vida de la tierra recogida en la Patagonia, en Cerrocolorado
en la tumba de Atauhalpa Yupanqui; bajo un glaciar en Groenlandia, en
las montañas del Perú, en la plaza de toros de Sevilla.
Es una tierra muerta, sin vida, como mucha de la gente que la pisa cada
día, por eso es gris, tan gris como nosotros y las vidas que
vivimos. Pero hay colores rojos y amarillos y vivos y alegres. Colores
de tierra cargada de historia y de historias, personales y colectivas.
Alguna de estas notas de polvo que hoy se reúnen gracias a la
labor de impenitentes viajeros, de artistas y de apasionados del arte
y de la curiosidad han sido testigo de cosas innombrables, de hechos
y de vidas inimaginables. Hay tierra de albero recogida de la plaza
de toros de la Maestranza en Sevilla, la misma que horas después
hubiera sido pisada por Curro Romero en una tarde más de valor,
de miedo y de sangre, de muerte y de seducción. Hay tierra recogida
debajo del obelisco de la tumba de la única mujer que fue faraón
en Egipto, durante más de veinte años, Hatsepshut, en
el Templo de Karnac en Luxor. Y tierra del desierto de Mauritania, que
todavía esta caliente cuando la tocas y la haces correr entre
los dedos, de color canela y tan fina que era usada en Roma para los
relojes de arena y que todavía hoy en día se usa, en bolsas
de piel como medidas para las balanzas. Y amarilla de las minas de oro
de Sudáfrica. Y curiosamente es este un ‘amarillo Nápoles’
y la tierra de Egipto es un ‘Siena natural’, el color de
la de Argentina es rojo cinabrio, y la de Zanzíbar es marrón
pardo y la de Groenlandia gris granito… y todo es así pudiendo
ser de otra manera.
Porque esta tierra es tierra vulgar de sitios especiales. Especial es
la gente que ha viajado con ella miles de kilómetros para hacer
un total de más de un millón de kilómetros, gente
que hubiera podido ir y volver a la Luna, pero que una vez más
han dado la vuelta al mundo. Y seguramente hubiera podido tener otros
colores si, en los mismos países, se hubiera recogido de otros
sitios y, entonces, este mural, esta pintura colectiva sería
diferente y tendría otros colores pero seria el mismo, no solo
en la idea sino en la formalización y sería, como siempre
es el arte, diverso y único, diferente y similar.
Pero, ¿que es lo que hace que la gente se vaya a otro país,
a otro continente? ¿ que buscan todos esos nuevos colonizadores,
esos aventureros de pantalón de explorador y zapatillas Nike
que durante unas semanas cambian su paisaje habitual, su mundo y su
familia, por el paisaje desértico de Mauritania, por las agrestes
colina del país Dogon, por la selva de Perú? ¿Que
buscamos cuando viajamos? El viaje es el eje que permanece desde los
primeros pueblos, trashumantes desde luego, que fueron nuestros abuelos.
Esa necesidad de irse no es siempre la necesidad de llegar. Porque se
va y se vuelve, siempre se vuelve, a veces quejándose de lo infructuoso,
de lo decepcionante que ha sido el viaje, como se quejaba a Sócrates
uno de sus discípulos, a lo que el maestro le contestó
“No sin motivo te ha sucedido así, porque viajabas contigo
mismo”. Hay varios tipos de viajeros, el que huye y se intenta
escapar de si mismo, de un entorno que no le satisface, el que busca
en otro lugar ser algo que no puede ser donde vive, y el que vuelve
de cada viaje como de un baño de sabiduría y de perfeccionamiento.
Es este viajero el que sabe estar, ser el mismo en cualquier altitud
y latitud. Es este el descubridor, el que sabe que una vida se desperdicia
o se vive igualmente en un lugar que en otro. Los otros tienen lo que
Séneca llamaba el mal del lugar, una enfermedad que no es del
cuerpo ni del alma, sino del lugar. Como en un eterno baile se ven obligados
a saltar, danzar, sin poder disfrutar ni de la pareja ni de la música.
Ni del paisaje ni de la gente.
¿Cuanta energía se acumula en torno a estas 64 bolsas
de tierra? ¿cuanta energía se ha empleado en los viajes,
en el transporte de la tierra, en la ilusión de un proyecto en
el que colabora tanta gente que se convierte en un canto coral, en una
producción colectiva? Y, cual es el coste económico de
un proyecto que se prolonga por años, que se extiende por miles
de kilómetros, que abarca el mundo como campo de trabajo y que
de alguna manera nos hace tener presente la historia de la humanidad,
el paso por esa tierra, por la Tierra, de civilizaciones y de personas.
Tal vez esta sea una necesidad realmente básica. El que la memoria
de lo que fuimos siga presente; no olvidar ni lo bueno ni lo malo, sino
construirnos con todo ello, con tierra limpia y brillante, con tierra
sucia y negra, con vida y con muerte, pues todo forma parte de todo,
como estas 64 muestras de tierra representan el todo de toda la tierra,
de una tierra de todos y por lo tanto de nadie.
Se ha dicho que la tierra es del que la trabaja, del que la ocupa, pero
la tierra no es de nadie porque es de todos, porque somos todos y porque
todas las tierras son de otro lugar, como la que se ha recogido en París,
en los jardines de Luxemburgo, que es tierra de abono y que, por lo
tanto seguramente que no es necesariamente francesa, ni de París,
sino que es como cualquiera otra tierra de abono de cualquier otro país,
es una tierra sin patria ni denominación de origen. Las tierras
vienen y van de un lugar a otro, cambiando, dando sentido a la redondez
perfecta de la Tierra, a los instintos básicos que hacen que
los hombres las recorramos incesantemente.
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