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Valladolid, que aspira con todos los merecimientos a ser Capital de las Letras, acoge esta exposición, "El objeto del arte (Las letras)", que desborda con mucho la génesis concreta que la motivó, para enlazar con algo del espíritu de un tiempo anterior a la Historia en que los hombres, que muchos sólo consideran en cuanto tales a partir del dominio del lenguaje, se afanaban en hacer realidad el milagro de la comunicación.

Es paradójico, en efecto, encontrarse con una propuesta en la que un artista, por mediación de terceros, opera con las letras como si fuesen objetos, a nada que pensemos que los primeros mensajes se transmitieron precisamente a través de algunos elementos que cobraban de esa manera una valiosa significación, como un palo con una muesca, por ejemplo.

Pero lo es igualmente que estemos aquí en el territorio de la expresión estética, al que nadie niega su consideración de fase previa y decisiva en la conquista de la escritura.

Porque mucho antes de la aparición de ésta, que cifrarnos aproximadamente en torno a unos 5.000 años de antigüedad, y que supuso un notorio salto cualitativo intelectual, el hombre primitivo quiso transmitir a sus iguales muchas y complejas emociones que lo aliviaran de las tensiones a las que estaba sometido.

Aquel hombre grabó y pintó imágenes que reflejaban su visión de la realidad corno un paso previo al hallazgo de los signos precisos y concretos con los que elaborar un sistema que tradujera su pensamiento. Sólo adquirida cierta destreza en la ejecución de esas representaciones de carácter simbólico (hace tiempo que descartamos ya el que su motivación fuera puramente estética), estuvo en condiciones de encarar un camino en el que, primero mediante imágenes que equivalían a palabras, más tarde imágenes que representaran acciones o conceptos abstractos, y luego otras a las que confirió un valor fonético, acabar encontrando un sistema mucho más complejo de signos precisos, un alfabeto, con el que superar de una forma rotunda y universal la instantaneidad de la palabra oral y ganar la permanencia en el tiempo para ideas.

En "El objeto del arte (Las letras)", pues, se suman el concepto de objetualidad y de actitud estética al servicio del lenguaje, como en aquella protohistoria de la escritura, pero también un diálogo de una índole más histórica: el que un creador y sus sesenta y nueve colaboradores establecen con uno de los padres de la vanguardia histórica y con esa categoría superior de la expresión que hemos convenido en llamar Arte.

La génesis de "El objeto del arte (Las letras)".

En 1991, Fernando Bellver, durante uno de sus habituales viajes a Egipto, se encontró durante el vuelo (y ese elemento azaroso del hallazgo conviene subrayarlo) con una revista de las líneas aéreas en la que algunas de sus páginas recogían una antigua entrevista a Marcel Duchamp.

A principios del siglo XX, Duchamp abrió con sus actitudes una vía para considerar el arte, excesivamente sacralizado a todas luces, desde nuevas perspectivas, muy especialmente con sus denominados "ready-mades", que vinieron a incidir en la necesidad de practicar una desmitificación del mismo. Hablamos de aquellos objetos de uso cotidiano, algunos más que otros, fabricados por manos anónimas, manos de artesanos, que atraían su atención (desde una rueda de bicicleta a un urinario de porcelana, pasando por una pala de nieve o un singular secador de botellas) y que, sacados fuera de su contexto habitual, cobraban una dimensión distinta. De hecho, incluso, se impregnaban de un valor estético que nadie les había conferido en el momento de su realización. Eran, gracias a su nueva ubicación, Arte.


El presupuesto de aquel transgresor consistía, más o menos, en lo siguiente: nuestro entorno está repleto de miles de objetos interesantes "per se", sin necesidad de que tengamos que añadirles cosa alguna (aunque él lo hiciera a veces) para que cobren un nuevo valor. Basta entonces con que el artista los elija, los aísle, lo que evidentemente puede ser considerado, por la condición que éste ostenta, corno una suerte de creación intelectual ("la obra es la idea"), para que cobren un significado diferente. Mediante esa elección, no exenta de la habitual ironía que caracteriza una parte de su legado, Duchamp predicaba una nueva moral estética o, si lo prefieren, un "antiarte".

En la entrevista de aquella revista para los pasajeros de Madrid-El Cairo, el maestro, abundando en la idea de que el arte aspira a ser una actividad mental (algo que ya defendía Leonardo), vertía una de sus habituales frases, casi un aforismo: "el objeto del arte es el objeto de arte". Aquello constituyó un segundo golpe del azar, porque inmediatamente desencadenó en Bellver la necesidad de jugar con la frase durante unos largos instantes hasta dar con otra que en apariencia ponía en entredicho la original, pero que hubiera hecho las delicias de aquel provocador que no establecía por norma diferencia alguna entre una convicción y su contraria, actitud de la que se valía para neutralizar tanto su propio discurso como el ajeno.

"Si el arte existe fuera del arte entonces el objeto del arte no es el objeto de arte", concluyó Bellver. Y en ese mismo instante, en lugar de considerar que acababa de realizar "ready-made" lingüístico y darse con ello por satisfecho, decidió desplazarse un poco más por el territorio mental en el que se había adentrado. Concibió la posibilidad de que 69 artistas (grabadores, dibujantes, pintores, escultores, diseñadores y fotógrafos) le hicieran cada una de las letras que conformaban la nueva sentencia.

Lo declarado y lo sobreañadido

De esa manera, algunos de los nombres más importantes del arte español de las últimas décadas (imposible citar algunos a título de ejemplo sin hacer demérito de otros) se vincularon a una propuesta en la que el encargo les reclamaba la aportación de su gesto pictórico como caligrafía, que es a la postre lo que singulariza a cada uno de ellos respecto de los demás, el testigo del diálogo secreto entre la intimidad de su conciencia y una superficie en blanco, de su ir y venir personal por el dominio de la sensibilidad.

La diferencia entre el mundo de los objetos y el de las palabras, formadas por letras, que los nombran y los representan, se ve alterada a partir de ese punto por la cosificación, la objetualización, que cada una de esas letras adquiere. Bellver, en posesión del discurso, queda al margen de su desarrollo y son esos artistas amigos los que trabajan para él en lo que puede ser considerado por igual neutralización o refrendo del pensamiento original. Todos ceden una parte sustancial de su identidad, en la que no obstante el espectador de Valladolid va a poder recrearse, cual si de una exposición colectiva se tratase, para que la voz que les dote de sentido sea la de un yo ajeno.

Pero, a diferencia de una rueda de bicicleta de factura anónima encontrada en una chatarrería, cada uno de los colaboradores se esfuerza en que su trazo y la técnica con que lo resuelve cobren una dimensión artística. No en balde, ahí radica la conquista de su particularidad. En lo que me recuerdan a los calígrafos árabes de la escuela cúfica, en los que la legibilidad se sacrifica a la belleza de sus arabescos. Paradoja de paradojas: es el arte ahora el que nos recuerda que la lengua, como defendía Ortega y Gasset no es el modo de hablar de cada sujeto sino el habla colectiva. Cada uno de los sesenta y nueve autores se expresa a su antojo a través del signo que le ha tocado en suerte, los hay incluso que desbordan los meros caracteres para conferirles un posible discurso autónomo, pero el entendimiento, que es la finalidad última del lenguaje, sólo es posible desde la colectividad. Para que la lengua sea tal ha tenido que dejar de ser cosa del individuo.

Así que "El objeto del arte (Las letras)", que se expone por vez primera en Valladolid, podemos leerlo como un ejercicio mental, celebrado mediante la suma de varias personalidades artísticas, a partir del que reconsiderar la importancia que sobre el arte y el lenguaje tiene cualquier acción viviente que se plantee que es posible recurrir a lo preestablecido (ya sean signos tratados como objetos o a la inversa) para transformarlo en una nueva vigencia que se impone sobre todos, incluso sobre aquel que la engendró.

FELIPE HERNÁNDEZ CAVA

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